¿Cómo saciar a tantos en el desierto?

Homilía pronunciada el domingo 5 de julio de 2026 por uno de los sacerdotes de la Sociedad

“Milagro de los panes y los peces”, Giovanni Lanfranco, 1623.

En la escena de la multiplicación de los panes y los peces del capítulo octavo del Evangelio según san Marcos, debemos destacar al menos dos cosas. En primer lugar, la compasión de Jesucristo, “se compadeció de ellos”, de los que llevaban ya tres días siguiéndolo y no tenían que comer. Y, frente a ella, el realismo de los apóstoles, “¿cómo nadie va a ser capaz de alimentar a esta multitud en medio del desierto?” No hay que pensar mal de los apóstoles, como si no se compadeciesen también de la situación de aquellos que desfallecían de hambre. Pero, a estas alturas, los apóstoles llevan ya tiempo siguiendo a Jesús y ya se ha producido una situación semejante con anterioridad (la multiplicación de los panes del capítulo sexto), sí nos llama la atención que no confíen más en Él, en la capacidad de Jesús para obrar aquel milagro y cualquier otro.

Es una tensión habitual en la Iglesia, la que nos lleva a confiar más en nuestros cálculos humanos que en la Divina Providencia que cuida de la Iglesia. Como los apóstoles, nuestra dureza de corazón en nuestros días consiste en que, a estas alturas, casi dos mil años desde el comienzo de la misión de la Iglesia, tenemos un exceso de realismo y calculamos, sin mirar atrás y recordar que es Dios el que guía la guía y no nosotros. De algún modo, en lugar de pensar constantemente que Dios nos salva a través de la Iglesia, pensamos en cómo podemos salvarla nosotros a ella.

Esto es, a todas luces, lo que ha sucedido a lo largo de los últimos casi 70 años, desde que Marcel Lefebvre fundara la Fraternidad Sacerdotal de S. Pío X. Partiendo de una radiografía adecuada de la realidad, la mala recepción del Concilio Vaticano II y la consiguiente crisis en múltiples ámbitos de la vida de la Iglesia, Monseñor Lefebvre emprendió un trabajo ciclópeo para tratar de salvar a la Iglesia. A lo largo de todos esos años, se sucedieron el funcionamiento de varios seminarios no autorizados, ordenaciones sacerdotales ilícitas, sacramentos celebrados ilícita y, en ocasiones, inválidamente y muchas conversaciones con la Santa Sede que terminaron infructuosamente. El momento culmen de aquel proceso fue la ordenación sin mandato apostólico y contra la expresa voluntad del Papa de cuatro obispos en 1988, acto a todas luces grave, que llevó a la excomunión inmediata de los que participaron en aquella consagración episcopal, la declaración del cisma y la consiguiente excomunión de todos los que a éste se adhirieran.

Años después, durante el pontificado de Benedicto XVI, la Santa Sede demostró una extraordinaria generosidad: el levantamiento de la excomunión para los cuatro obispos que seguían vivos. Este levantamiento no significaba que se acabasen los problemas, sino que era un primer paso, un gesto de buena voluntad, para buscar una solución. Durante largos años, a partir de ese momento, la Santa Sede inicia un diálogo con los superiores de esa Fraternidad para buscar un acuerdo. Un acuerdo de carácter doctrinal, situando un mínimo al que ambas partes pudiesen llegar, para entonces poder arreglar la situación canónica.

Ese acuerdo nunca llegó. La Fraternidad no quiere reconocer la legitimidad del magisterio de la Iglesia posterior a 1962, ni si quiera leído en estricta continuidad con todo el magisterio precedente y en función del grado de adhesión que cada tipo de enseñanza pide. Como siempre se debe hacer en la Iglesia. Tampoco reconocen la legitimidad de la reforma litúrgica, aún asumiendo que pueda tener aspectos mejorables. Y esto es lo que nos lleva a los últimos meses, en los que la Fraternidad, una vez más, decide unilateralmente la ordenación de cuatro nuevos obispos, en contra de la voluntad del Romano Pontífice. Como hemos visto en los últimos días, se repite la declaración de la condena: sobre aquellos que han participado directamente (obispos consagrantes y consagrados) se ha declarado la excomunión por cisma; y a los clérigos (los “incardinados” en la FSSPX) y laicos que se unan a ese cisma (compartiendo la ideología lefebvrista, prefiriendo la autoridad de la Fraternidad a la del Papa y asistiendo a sus celebraciones litúrgicas en exclusividad) se les advierte que se ponen en idéntica situación.

Los superiores de la Fraternidad, como en su momento Mons. Lefebvre, invocan un supuesto estado de necesidad para amparar su desobediencia y la ilicitud de sus actos. En el derecho de la Iglesia, se llama estado de necesidad a las decisiones graves tomadas en circunstancias excepcionales (como una guerra o en peligro de muerte), cuando no queda ninguna alternativa posible para la salvación de las almas y se supone que la autoridad actuaría en ese mismo sentido si pudiésemos pedirle permiso. Decir que en la Iglesia hay un estado de necesidad implica, no sólo reconocer la crisis que la Iglesia atraviesa, sino pensar que en toda la Iglesia universal no hay posibilidad de obtener los medios de salvación fuera de la Fraternidad de San Pio X. Es decir, que fuera de la Fraternidad, no hay Pastores legítimos, el papa y los obispos, con capacidad para seguir ordenando a sacerdotes que ejerzan su ministerio, predicando y administrando los sacramentos, para el bien de las almas. Excepto en la FSSPX. Como ya Benedicto XVI apuntaba, el problema no es litúrgico, es doctrinal.

Reconocer la crisis de la Iglesia es un ejercicio de sano realismo. Es evidente, sea esta crisis menor o mayor que en otros tiempos, que hay problemas doctrinales, morales, espirituales, litúrgicos y de muchos otros órdenes. Pero pensar que sólo yo y los mío somos los únicos capaces, o incapaces, de resolverlo es una falta de confianza en Dios. La solución vendrá de Él y, seguro, nunca vendrá de fuera. El fin no justifica los medios. La reforma de la vida de la Iglesia, tan necesaria siempre, la ha llevado Dios a través de hombres santos. Santos que han defendido lo que en conciencia creían cierto, que han criticado las prácticas que juzgaban abusivas o indignas, que han luchado por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Santos que han soportado calumnias, castigos y zancadillas de todo tipo. Santos que han perseverado en las condiciones más adversas. Pero santos que nunca, jamás, se han apartado de la Iglesia, que siempre han obedecido a sus legítimos Pastores y que han practicado la paciencia, la humildad, la mansedumbre y todas las demás virtudes. Santos que confiaron en el Señor.

Y nosotros, ¿podemos dar de comer a 4000 hombres en el desierto? Sólo podemos confiar en el Señor. Hay muchos, mucho mejores que nosotros, que quisieron y quieren hacer el bien ellos solos y fracasan. Hay muchos, mucho mejores que nosotros, que cada día trabajan a la contra. A nosotros sólo nos queda confiar en Él. Escuchar su Palabra, vivir en oración, ejercitarnos en las virtudes, procurar hacer bien lo poquito que dependa de nosotros. No pensemos en el Papa, ni en los Obispos, ni en los Sínodos, ni en esas grandes cosas, sino es para rezar por ellos. No nos dejemos asustar por los lenguajes catastrofistas, porque “a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rm 8:28). Que la política, la economía, las guerras y los demás problemas no nos quiten la paz, sólo pueden matar el cuerpo. Vivamos profundamente unidos a Él. Perseveremos unidos a su Iglesia, apostando, dentro de ella, por todo aquello que nos ayude a perseverar en la santidad. Pongamos todo lo nuestro en sus manos y así estaremos haciendo algo importante. ¿Qué tenemos que ofrecer? ¿Siete panes? Pongámoslos en sus manos, y nosotros, junto a la muchedumbre, quedaremos saciados.

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